Estar en planilla de una empresa, trabajar para un equipo o sencillamente rendir cuentas de nuestro trabajo es una ley de vida para cualquier persona que se desempeña en cualquier trabajo en cualquier lugar del mundo. Todos sin embargo hemos imaginado como seríamos nosotros en ese rol de administrador y no de administrado, usualmente imaginando que seremos esa anomalía en el sistema que destaca por su trato humano y sobresaliente que inspira a las personas bajo su cargo para desempeñarse igualmente de forma extraordinaria.

La realidad sin embargo es otra. Finalmente llega el día en que tienes la responsabilidad de administrar un equipo y de a poco te vas dando cuenta que tus sueños de ser ese líder que inspira no se resume en dar lineamientos y esperar a que la gente espontáneamente de lo mejor de sí.

Para tratar de entender de dónde proviene esa poco realista expectativa de que te convertirás en el líder que siempre imaginaste vale la pena retroceder un poco y entender por qué nos idealizamos nosotros mismos como esa figura. Mi experiencia personal se remonta a casi década y media atrás y mi primer trabajo como un desarrollador junior. Aún cursando la carrera de Ingeniería en Sistemas en la universidad tuve la oportunidad de tomar un trabajo que me permitiera empezar a ganar experiencia en el campo del desarrollo de software, y debo admitir que me tuvieron demasiada paciencia, pues lo que traía en conocimiento académico adquirido no se asemejaba en nada a la realidad de la programación comercial. Mi primer jefe me tuvo bastante paciencia y me inculcó una ética de trabajo que al día de hoy sigo agradeciendo, y son cosas que definitivamente causaron una impresión durable en mi que yo trato de replicar en quienes trabajan conmigo. Sin embargo también existen dos caras para una misma moneda, y esta misma persona que me exigía tener una ética de trabajo intachable también pasaba en ocasiones meses sin pagarnos a todo el equipo. Lo que haces con una mano lo pasas borrando con la otra.

Años después en otro trabajo me vi obligado a dar soporte a un aplicativo ya entrado en una etapa muy avanzada de su ciclo de vida. Las instituciones financieras tienden a ser muy cautas y rara vez cambian un aplicativo si no se ven en la imperiosa necesidad de hacerlo. En ese entonces recuerdo haber propuesto algunas soluciones que extendían la funcionalidad original de dicho aplicativo a costa de introducir algunos elementos más recientes al contexto existente. La retroalimentación que recibí fue de rechazo absoluto y a cambio únicamente me pidieron que me apegara a la fórmula ya establecida, básicamente dejando en claro que el espacio para la mejora e ideas frescas era nulo. Cuando un trabajo se resume en mantenerte en tu mismo espacio y repetir lo que ya has hecho una y otra vez es cuestión de tiempo antes de que empieces a buscar un lugar donde tu libertad creativa y por qué no, el nivel de dificultad vayan acorde a tu ambición. Acá si me pagaban puntual debo agregar.

En otro lugar el líder del equipo se oponía rotundamente a utilizar sistemas de control de versionamiento para el código. Su miedo a lo desconocido y su negativa a salir de su zona de comfort para aprender cómo funcionan dichos sistemas se traducían en constantes dolores de cabeza para el equipo en forma de largas horas adicionales de trabajo para integrar manualmente diferencias entre archivos modificados por personas diferentes en computadoras diferentes. Cada release era precedido por una dolorosa etapa de merge manual porque varios desarrolladores tenían versiones diferentes del mismo proyecto en equipos independientes.

La lista puede seguir creciendo y al final nos daremos cuenta que nuestra idea del líder en que anhelamos convertirnos es una sumatoria de todas las malas decisiones y errores que presenciamos o que fuimos obligados a perpetuar y nuestro deseo de demostrar que nosotros podemos hacer las cosas diferentes. Dependiendo que tan arraigado esté en nosotros todas estas experiencias, más motivación tendremos para querer ser mejores que todos los errores, actitudes y demás que presenciamos en el pasado. Muy bonito, pero la realidad te cae como balde de agua fría cuando te toca finalmente administrar a tu primer equipo.

Cuando estuve finalmente en la posición de liderar un equipo traía todo este equipaje a cuestas con las experiencias que estaba determinado a no repetir con las personas que trabajan conmigo. Es natural creer que lograrás estar en sintonía con tu equipo desde el primer momento y que lograrás hacer las cosas diferentes desde el inicio, sin embargo la regla es que cometas errores y te tardes un tiempo antes de finalmente empezar a entender factores y situaciones que no sabías que debías enfrentar en una posición de liderazgo.

Lo que siempre imaginaste que serías da paso a una realidad diferente: te conviertes en una mezcla de lo que anhelas ser y una combinación de tus propios errores y falencias, sumado a las características propias de las personas con las que trabajas. Quizás no estás cometiendo los mismos errores que viste en otros en su momento y quizás crees que estás siendo un mejor líder que todos ellos cuando en realidad te estás quedando corto en otras áreas que ni sabías que te podías quedar corto. Indudablemente creces como persona y como líder luego de asumir una responsabilidad de este tipo, lo que no está permitido es creer que ya lo tienes controlado y dejar de buscar activamente más conocimiento para reducir las lagunas que vas dejando en tu desempeño.